LAS ROSAS

Todo se encuentra en silencio, y es tanto el silencio, que ni siquiera se escucha como la suave brizna moja los cultivos de las rosas. La niebla está baja y el día se ve opaco. En medio del sembradío se encuentra una pequeña casa hecha en madera y tejas de barro, la puerta principal se abre y acto seguido sale don Pedro con su respectivo poncho y sombrero, al salir se queda inmóvil, esperando a que doña Cecilia lo acaricie, pero al percatarse que las caricias no han llegado, frunce el ceño y hace un gesto de desagrado; don Pedro activa su movimiento y camina unos cuantos pasos, hasta ubicarse en el cultivo de rosas, la brizna cae mojando su poncho y su sombrero; un pequeño animal corretea su cultivo, él intenta gritar, pero ni un sonido es producido por su boca, las lágrimas salen de sus ojos, porque en su mente acaba de recordar a esa mujer que amó durante cuarenta y siete años, a esa mujer que con su sabiduría y paciencia, le enseño que a pesar de ser sordomudo, se puede llegar a ser feliz, ahora su presencia se está diluyendo, porque por algún capricho del destino, se decidió que su muerte iba a llegar antes que la de él.
